UNA HISTORIA DE RESISTENCIA, BARRIO Y LIBERTAD - CAP 6
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1 / 4CAPÍTULO 6 — NEZA Y EL ROCK AND ROLL: LA CIUDAD QUE HIZO DEL ROCK SU IDENTIDAD
El origen de un municipio
Ciudad Nezahualcóyotl fue fundada oficialmente en 1963 sobre lo que había sido el lecho desecado del lago de Texcoco. Fue, literalmente, construida sobre el barro y la basura: durante años fue el basurero del entonces Distrito Federal. Sus primeros habitantes llegaron sin servicios, sin pavimento, sin agua potable, sin luz. Eran migrantes del interior de la repúblicaque venían a buscar trabajo en la capital y encontraban en los límites del Estado de México un territorio sin ley donde podían levantar sus casas con láminas de metal y voluntad.
De ese origen adverso nació una identidad colectiva única: la de un pueblo que construyó su dignidad con sus propias manos, al margen del Estado y del mercado. Y fue esa identidad la que encontró en el rock and roll su expresión más auténtica.
El rock llega a las calles (mediados de los ochenta)
El rock comenzó a sonar en las calles de Neza a mediados de los años ochenta, cuando los primeros sonideros del rock urbano instalaron sus equipos en patios y salones de barrio. No eran las grandes discotecas ni los teatros del centro: eran eventos de calle, con cables pelados, bocinas prestadas y un centenar de personas apretadas bailando al ritmo de El Tri, The Ramones y Led Zeppelin.
Fue un fenómeno genuinamente popular y espontáneo: el rock llegó a Neza no a través de las discográficas ni de las radios, sino de boca en boca, de tocada en tocada, de sonidero en sonidero.
La doble moral: el rockero como delincuente
Aquí es necesario detenerse y hablar de algo que marcó profundamente la experiencia del rockero mexicano de barrio durante décadas: el estigma.
Vestir chamarra de cuero, tener el cabello largo, llevar pantalones rotos o una playera de Iron Maiden no era simplemente una elección estética: era una declaración de guerra contra el orden social establecido. Y el orden social respondía con violencia.
La policía patrullaba los barrios populares profilando sistemáticamente a los jóvenes que vestían de negro. La vestimenta rockera era asociada de manera automática con el consumo de drogas, la delincuencia y la vagancia. En los años setenta, durante la era más intensa de represión post-Avándaro, los hombres con cabello largo eran detenidos en la calle y sometidos a rapados forzados por agentes de la autoridad. Ser xipiteca —como se llamaba despectivamente a los seguidores de La Onda— equivalía, en el imaginario oficial, a ser un criminal en potencia.
Pero la realidad era mucho más compleja y más oscura al mismo tiempo.
Era verdad que en algunos círculos rockeros de los barrios marginados existía una asociación con las pandillas callejeras. En un México donde la desigualdad era brutal y las oportunidades escasas, algunos jóvenes que se identificaban con la cultura rock también participaban en actividades delictivas de supervivencia: robos a personas de clases medias y altas, extorsiones menores, venta de drogas en pequeña escala. La chamarra de cuero y las botas negras se convirtieron en un código de pertenencia que podía significar tanto amor por la música como adscripción a una pandilla.
Sin embargo, la doble moral de la sociedad y del Estado consistía en equiparar al rockero con el delincuente de manera indiscriminada, sin distinguir entre el joven que simplemente amaba la música de Black Sabbath y el que utilizaba esa estética como cobertura para actividades ilegales. Esta equiparación tenía consecuencias devastadoras: jóvenes inocentes eran detenidos, golpeados y fichados por la policía sin otro motivo que su apariencia. Músicos que intentaban ensayar en patios de vecindad eran desalojados por “escándalo”. Festivales de rock en barrios populares eran clausurados horas después de comenzar.
Lo más injusto del estigma era que muchos de los rockeros más estigmatizados eran precisamente los más vulnerables: jóvenes sin hogar, sin empleo, sin familia que los respaldara, que habían encontrado en la comunidad rockera del barrio el único sentido de pertenencia y dignidad que el mundo les había negado. La falta de apoyo gubernamental, la ausencia de programas sociales efectivos y la exclusión económica estructural producían el fenómeno que el Estado luego criminalizaba: jóvenes que vivían en la calle, que bebían resistol porque no tenían qué comer, que dormían en grupos porque tenían miedo. El rock no los había empujado a esa situación. Al contrario: el rock era lo único que les recordaba que eranhumanos.
Las canciones de El Haragán, de Charlie Monttana, de El Tri hablaban exactamente de esas vidas. No las romantizaban ni las condenaban: las retrataban con la misma honestidad brutal con que un periodista describe lo que ve. Y precisamente por eso eran censuradas en la radio y amadas en los barrios.
El libro Por los Territorios del Rock: Identidades Juveniles y Rock Mexicano, publicado en 1998 como resultado de una investigación etnográfica entre los punks de la Ciudad de México y Nezahualcóyotl, documentó con rigor académico este fenómeno: la manera en que jóvenes de los sectores bajos y trabajadores construían redes de pertenencia e identidad a travésde la cultura rockera, y la manera en que la sociedad hegemónica respondía estigmatizándolos y criminalizándolos.
La historia de Neza es también la historia de esa lucha por el reconocimiento de una identidad que el resto de la sociedad no quería ver.
Carlos Rodríguez “El Abuelo del Rock” y el nacimiento del sonidero rockero
El hombre que encendió la llama del sonidero rockero en Neza se llamaba Carlos Rodríguez, conocido por todos como “El Abuelo del Rock”. Fue uno de los primeros en llevar el formato sonidero —hasta entonces asociado exclusivamente con la cumbia y la salsa— al territorio del rock nacional e internacional.
Con su Sonido Sensación, Rodríguez comenzó a organizar eventos de barrio en los que se mezclaba la dinámica del sonidero —los saludos al micrófono, los gritos de ánimo, la interacción constante con el público— con un repertorio que incluía a El Tri, Tex Tex, The Ramones, Led Zeppelin, Liran’ Roll y Charlie Montana. El resultado era algo absolutamente único en el mundo: un baile de salón donde se tocaba cumbia, salsa y musica regional, se convirtio en el escenario para que el rock, metal y blues pusieran a bailar a muchas generaciones bailaran con creando nuevos y únicos pasos rockeros.
El Abuelo del Rock falleció en 2002, pero su legado fue recogido por sus hijos y nietos, que continuaron operando el Sonido Sensación y expandiendo el movimiento. Hoy, décadas después de su fundación, ese legado se mantiene vivo.
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